Personajes I. Crear a los personajes y dotarlos de coherencia

Gran texto sobre la importancia de los personajes en toda historia. Recomendable.

lamemoriadelospasos

Crear personajesTanto o más importantes como la historia que vamos a escribir, son los personajes que darán vida a cada una de las situaciones que en ella se desarrollen. Darles el tratamiento adecuado resultará determinante para el resultado final de nuestra novela. Es por esto, que he decidido dedicar las siguientes tres entradas de esta categoría a hablar sobre ellos: cómo crearlos, dar coherencia a sus personalidades y reacciones, la diferencia entre principales y secundarios, cómo introducirlos en nuestro relato.

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Vamos a mejorar el libro más

Hemos decidido que para hacerlo lo mejor posible, vamos a pedir que amigos lo lean y nos digan posibles mejoras en cuanto a forma de frases, cosas que no se entiendan por la manera de estar escritas, posibles errores etc. Por lo que se demorará un poco el lanzamiento. Depende de la velocidad de la gente en leerlo. Espero que la espera merezca la pena!
Twitter: @buscadornovela

Capítulo 1 “El Buscador”. ¡Opinad!

1

El Buscador

Buscador, persigues una fantasía,

no te deja dormir noche y día.

Buscador, persigues una ilusión,

solo, avanzas con gran tesón.

Cancioncilla infantil

A través de los largos y sinuosos senderos de Bosque Alto caminaba sin descanso Dave Marshall, continuando su arduo camino.

Llevaba lejos de su hogar un mes, durmiendo a la intemperie y agotando poco a poco sus provisiones. Pero teniendo en mente su objetivo, sabía que todo eso merecería la pena. Él ya no era alguien normal.

Ahora era un Buscador.

El objetivo de los Buscadores era encontrar el Torem. Algo que nadie sabía a ciencia cierta si existía en realidad o era solo una leyenda, ya que los rumores y habladurías decían que era un artefacto capaz de conceder cualquier deseo. Fuese cual fuese.

Debido a eso, mucha gente se dedicaba a buscarlo sin descanso. Todos aquellos que realizaban dicha actividad estaban cometiendo un delito, puesto que estaba totalmente prohibido ir en su búsqueda. Aunque existía una posibilidad. Ser Buscador.

Recibir el permiso del rey a través de una licencia real consistente en una carta que, bajo la firma del monarca, este otorgaba al poseedor su bendición para llevar a cabo la búsqueda del Torem. La carta iba acompañada de un pequeño sello real, llamado sello de Buscador. Así que era necesario portar ambas cosas para ser reconocido como Buscador. Dicho permiso se te concedía si eras fiel a la corona y dabas tu palabra de entregar el Torem en el caso de encontrarlo, o proporcionabas cualquier pista sobre su paradero, además de contribuir con una importante donación a las arcas del reino. La búsqueda del Torem en cualquier otra circunstancia estaba penada con la muerte.

Él estaba en posesión de dicha licencia.

La leyenda del Torem había ido pasando de generación en generación a través de los años y nunca nadie había dado con su paradero. Pero siempre había Buscadores para los que esa era su única meta en la vida. Se obsesionaban con la búsqueda hasta el punto de renunciar a todo lo demás.

El reino de Ravencros había sido visitado por toda persona conocedora de aquella historia y cada ciudad, pueblo y aldea, había albergado Buscadores del Torem, tanto con licencia como sin ella, en busca de información. Claro que, todos ellos, decían visitar el reino por otros motivos. Decían ser viajeros en busca de aventuras, comerciantes ambulantes a la caza de nuevos clientes, parientes que visitaban a familiares lejanos, o simplemente gente buscando un nuevo hogar donde comenzar una nueva vida. Pero siempre tenían el mismo fin, dar con aquel insólito y desconocido objeto. O al menos alguna pista sobre él o sobre su ubicación.

El Buscador ya había realizado la tarea que le había llevado a Bosque Alto, así que se propuso conseguir cazar algún conejo o ardilla mientras se dirigía hacia la aldea de Pruriel. Aquel frondoso bosque siempre le había parecido maravilloso. Sus grandes árboles ocupaban todo el camino hacia Pruriel. Árboles que alcanzaban los treinta metros de altura, por lo que apenas se atisbaban rayos de sol. Sus copas eran esbeltas y abovedadas, y en ellas anidaban multitud de especies de pájaros. Poseían unas cortezas lisas y hojas de un verde intenso que, en otoño, se tornaban amarillas y después pardas. Aunque lejos de su hogar, ese bosque era un paisaje que le gustaba visitar cuando tenía ocasión, ya que lo tranquilizaba debido a su sosiego y silencio habitual.

Empezó a arrancar unas ramas de la parte baja de los árboles, lo suficientemente finas para romperlas y que se pudieran curvar ligeramente. Luego sacó unas cuerdas de su mochila y recogió unas cuantas hojas del suelo. Como cebo usaría un trozo de fruta que le había sobrado de la comida anterior y que sabía que a los conejos les encantaba. Preparó una trampa rápidamente con todos esos elementos y la colocó en medio de un claro, para después esconderse tras un árbol. La verdad que hasta ese momento no se había cruzado con ningún animal y eso era algo raro, porque en ese bosque había multitud de conejos; marrones, blancos y de tonalidades intermedias, a veces incluso podían verse saliendo de las madrigueras con sus crías. También había gran variedad de ardillas que le sacaban una sonrisa como se asustaban y subían de forma acelerada a los árboles cuando él se acercaba. Siempre se podía escuchar el silbido de los pájaros posados en las ramas de los árboles y, si tenías suerte, incluso podías cruzarte con algún cervatillo.

Hacía buen tiempo y, aunque los árboles lo impidieran ver, hacía un día soleado, aunque no demasiado calor. Por ello no estaba muy seguro de si esa vez no habría hecho demasiado ruido al buscar a los animales. Habitualmente, cuando se proponía cazar, tenía que cerciorarse de caminar bastante despacio y haciendo el menor ruido posible hasta colocar las trampas y conseguir alguna presa.

Un momento después, un pequeño conejo asomó su cabeza tras otro árbol olisqueando, desde lejos, el trozo de fruta. Era marrón, con una mancha amarillenta en la cabeza y unas grandes orejas. El animal se acercó, observó si había peligro a su alrededor y, cuando se cercioró de que no, corrió hacia su objetivo. En el instante en el que movió la fruta, la trampa hizo su función y Dave consiguió su premio. La trampa era bastante simple. Consistía en que, al coger el cebo, el animal movería un palo que haría caer una rama que sostenía la red hecha con cuerdas. Y esta atraparía a la presa. Y así resultó.

Dave se acercó y, con un corte limpio de un pequeño cuchillo de caza que portaba, mató al conejo. Lo metió en una bolsa y lo guardó con cuidado.

Tras cazar otro conejo más, este aún más grande, buscó la salida del bosque y enfiló el camino que llevaba hacia la aldea. Se podía ver a lo lejos, dado que la distancia entre Bosque Alto y Pruriel no era excesiva. El sol se estaba poniendo, así que esperaba poder llegar a la aldea antes de que fuera noche cerrada. Tenía la necesidad de dormir en una cama y comer buena comida, por lo que aceleró el paso.

El camino era de tierra y estaba cercado por unos pequeños muros de piedra a los lados, cuyos huecos se encontraban cubiertos de telarañas. Más allá del camino, podían verse rebaños de ovejas, cabras e incluso vacas, todas pastando la hierba de los campos. Cada pocos metros, también a los lados del camino, había numerosos matorrales con algunas flores silvestres.

El Buscador estaba exhausto. La mochila que llevaba a la espalda cada vez se le hacía más pesada puesto que en ella guardaba la caza; los útiles necesarios para cocinar las presas, que eran un par de cucharones de madera y un cazo medio oxidado; varias cantimploras, de las cuales a solo una le quedaba algo de agua; la comida que le quedaba, que no eran más que un par de latas de judías precocinadas; un pequeño mapa de Ravencros, un saco de dormir, el pequeño cuchillo de caza, algunas mudas de ropa y un saquito con el poco dinero que pudo reunir antes de iniciar su viaje. Hacía más de un día que no había parado a descansar y la última vez había sido en el piso inferior de una pequeña casa abandonada que había encontrado antes de internarse en el bosque. Dave había puesto su saco de dormir en el suelo para pasar la noche, pero no había descansado demasiado, puesto que no se fiaba de que pudieran visitarlo personas indeseadas.

En el momento que se dispuso a beber la poca agua que le quedaba, escuchó un sollozo. A un lado del camino, junto a unos arbustos y un árbol, había alguien. Una pequeña niña, de unos diez años, inmóvil y de espaldas a él. Dave oyó que estaba llorando. Era rubia, con dos trenzas, y llevaba puesto un vestido marrón con un lazo blanco alrededor de la cintura. Dave se acercó a la pequeña mientras observaba alrededor, buscando a alguien con quien pudiera ir aquella niña. Pero estaban solos.

Al llegar hasta ella, la rodeó hasta quedar cara a cara.

– Hola, pequeña. ¿Te encuentras bien? –Preguntó mientras volvía a mirar a su alrededor.

La niña no dijo nada, solo siguió llorando. Dave no sabía que podía ocurrirle.

– ¿Puedo ayudarte? ¿Dónde están tus padres? –La niña se miraba fijamente los pies, por lo que Dave no podía ver su cara con claridad.

– Lo siento –murmuró entonces, apenas sin voz.

En ese momento, tres hombres salieron de detrás de los arbustos y entre dos de ellos agarraron a Dave mientras el otro apartaba a la niña de un empujón.

– ¡Ha funcionado, Tyrus! –Gritó el más rechoncho de ellos, que tenía agarrado a Dave con fuerza por su brazo izquierdo.

– Ya te lo aseguré, estúpido ignorante. Te dije que nada era tan efectivo como una dulce niña llorando para hacer parar a los caminantes que pasasen por aquí.

Dave vio como el cabecilla, el que se llamaba Tyrus, zarandeaba a la niña y como la tiraba al suelo, haciendo que llorase más fuerte. Era un tipo de estatura media, no demasiado corpulento, pero el que mejor físico tenía, dado que sus dos captores eran bastante rollizos y, solo con mantenerlo a él agarrado, ya estaban jadeando, medio asfixiados.

– Como le hagáis daño, os mataré –dijo Dave furioso mientras intentaba soltarse de los brazos de los dos rufianes.

– ¿Tú? ¿Matarnos? –Se burló el que lo tenía aprisionado por el brazo derecho, quien hasta ese momento no había articulado palabra alguna.

Tyrus soltó una carcajada mientras rebuscaba en la mochila de Dave, la cual le acababa de quitar de un tirón. No parecía haber nada de valor a parte del pequeño saco de monedas, y ni siquiera eran las suficientes como para poder emborracharse en alguna taberna.

– ¿Con esto nos vas a matar? –Se mofó arrojando todo el contenido de la mochila al suelo y agarrando lo único que se podía considerar un arma, el pequeño cuchillo de caza.

Pero entonces si vio algo que atrajo su atención.

– Lástima que solo llevaras esto –señaló al Buscador con el cuchillo–. ¿Con qué te librarás de nosotros ahora? –Tyrus volvió a reírse a la vez que se guardaba el arma en el cinturón, pero sin apartar la vista de aquello que había en el suelo y que le interesaba más que nada.

Dave observó detenidamente a los miserables que lo tenían sujeto. Lo agarraban de forma torpe, con ambas manos, pero sin ejercer fuerza suficiente. Sin embargo, él estaba agotado y dudaba que pudiera hacer frente a los tres. Además, fijó la mirada en las espadas que tenían envainadas en el cinto. Si quería tener una oportunidad, debía acabar con ellos de un solo golpe, pero no estaba seguro de cómo actuar. En ese momento, dirigió su mirada a donde se encontraba la niña. Estaba tirada en el suelo, sucia, magullada y asustada. Tras pensarlo un segundo, tomó su decisión.

– No necesito nada para acabar con tres rufianes –respondió finalmente mientras cogía aire.

Con un movimiento brusco, liberó su brazo derecho y golpeó en la mandíbula con toda la fuerza que pudo al canalla, que ya intentaba volver a agarrarlo. Vio como saltaba uno de sus dientes antes de caer de bruces al suelo. El que mantenía su otro brazo agarrado, el más obeso, aflojó entonces su presión por la sorpresa. No hubiera podido prever que ese joven fuera capaz de derribar a su compinche con tal maniobra, momento que Dave aprovechó para patear con la pierna derecha su entrepierna. Este se soltó rápidamente y se encorvó debido al dolor, a lo que el Buscador le propinó un rodillazo en la cara, provocando que se apartara varios metros, sangrando profusamente por la nariz. Lo más probable es que estuviera rota.

– Te toca –amenazó Dave, señalando a Tyrus.

– Tranquilo chico, tranquilo –dijo levantando ambas manos como gesto de rendición–. Solo buscábamos algo de dinero fácil, no pensábamos hacerte daño ni a ti, ni a la niña –la voz le temblaba y su gesto había cambiado.

        – No sois más que una panda de cobardes –Dave miró a los tres con desprecio.

El de la nariz rota se la apretaba con fuerza intentando detener la hemorragia; y el que había derribado de un puñetazo, aunque el labio le sangraba de forma copiosa, ya había recobrado la verticalidad y desenvainado su espada.

– ¡Largaos, ahora! Como volváis a aparecer por aquí o acercaros a esta niña, o a Pruriel, acabaré con vosotros –intentó sonar lo más firme posible, intentando por todos los medios que no notaran que estaba terriblemente cansado y que no podría ganar un segundo asalto contra oponentes armados Al menos no sin usar su último recurso. Pero debía evitarlo.

El farol le funcionó por suerte.

– De acuerdo –gruñó Tyrus.

A pesar de lo que la gente se inclinaba a pensar cuando se cruzaba con Tyrus, este no era ningún estúpido. Llevaba muchos años dedicándose a lo que los de su gremio conocían como “el noble arte del robo”, y nadie podía sobrevivir en ese negocio mucho tiempo sin desarrollar una cierta aptitud. Un “ojo clínico”, como lo llamaba él. Y Tyrus se enorgullecía del suyo. Era como un sexto sentido que le permitía saber a quién podía intimidar, y a quien era mejor dejar tranquilo. Y rara vez fallaba. En cambio, en esa ocasión se había equivocado. Ahora se daba cuenta. Algo le decía que no era buena idea enfrentarse a este viajero.

Al menos de momento.

– Nos vamos –un gesto de Tyrus bastó para que los dos peleles se pusieran en marcha en dirección contraria a la aldea.

Una vez desaparecieron de la vista de Dave, este se acercó a la niña, que se había resguardecido tras los arbustos. La levantó, le sacudió el polvo del vestido y se agachó para tranquilizarla.

– Ya estás a salvo –le susurró.

– Gracias –aún le temblaba un poco la voz–. Y lo siento. No quería ayudarles, pero me obligaron –estaba a punto de ponerse a llorar de nuevo.

– No te preocupes, pequeña. Dime, ¿vives en Pruriel? –Una de las coletas se le había soltado, así que se la anudó.

– Sí, y mi madre estará muy preocupada. Salí a coger unas flores que solo hay en esta zona y esos hombres me cogieron y me dijeron que solo necesitaban que estuviera quieta y callada. Que si lo hacía bien dejarían que volviera con mi madre esta misma noche.

        El camino de Bosque Alto hasta Pruriel no era muy transitado, así que Dave supuso que esos maleantes debían de haberlo visto salir del bosque y señalado como su objetivo. Es probable que pensaran asaltarlo en el camino, aun si la pobre niña no hubiera tenido la mala suerte de encontrase con ellos. Desgraciadamente, los salteadores de caminos no eran algo raro en esa zona de Ravencros.

– Pues te llevaré de vuelta con tu madre. Por cierto, ¿cómo te llamas? Yo soy Dave.

– Yo Luna.

– Un nombre precioso –la niña esbozó una leve sonrisa, la primera que le veía Dave–. Pues vamos a tu casa, Luna.

Una vez que el Buscador recogió todas sus pertenencias del suelo, se dirigieron hacia la aldea. Luna agarró la mano de Dave, que notó como le apretaba con fuerza. El susto que esos malditos le habían dado era imperdonable.

El Buscador se percató que se había quedado sin cuchillo, así que tendría que encontrar algún arma en Pruriel. No era aconsejable viajar sin ninguna.

El camino se le hizo corto mientras Luna le contaba que Pruriel era una aldea pequeña, de unos cien habitantes. Pero como atravesarla era el camino más rápido para llegar a la ciudad de Brixen, solía haber mucho trasiego y un gran número de comercios ambulantes.

– Y, ¿a qué os dedicáis allí, Luna? –No quería que la niña se pusiera a recordar lo sucedido. Debía distraerse.

– Pues la mayoría de las familias a la ganadería. Otros a la siembra de verduras y a su recolección, y así tenemos alimento suficiente cuando viene alguna época de escasez.

Esa niña le parecía un encanto. Hablaba muy educadamente y aparentaba una edad mayor de la que tendría. Le contó que el pastor de la aldea había convencido a casi todos los aldeanos de visitar cada domingo la iglesia. Un día que ella esperaba con ansia cada semana, deseando escuchar el sermón que tenía preparado el pastor.

Al fin llegaron a la entrada de la aldea, donde había un cartel de madera muy gastado por el tiempo y la climatología que daba la bienvenida a los viajeros. Era la primera vez en mucho tiempo que Dave visitaba la aldea de Pruriel. La última vez fue cuando era un niño, aproximadamente de la edad de luna, acompañando a su abuelo en uno de sus múltiples viajes de negocios.

– ¿Dónde vives, Luna? –Le preguntó mientras echaba un pequeño vistazo a la pequeña aldea y a los transeúntes que se encontraban caminando por allí.

– Mi madre tiene una posada. La única que hay en la aldea –dijo orgullosa la niña–. Estará allí o quizás me esté buscando –se soltó de la mano de su salvador y salió corriendo.

Dave entró entonces en la plaza siguiendo a la pequeña. Algunos ancianos estaban sentados en unos bancos de piedra y daban de comer migas de pan a los pájaros, que anidaban en los árboles de alrededor y volaban hacia el suelo para recoger los trozos de pan.

En aquella plaza se encontraban algunos comercios ambulantes de pieles, hechas con animales de la zona, o incluso traídas de otros territorios. Vio chalecos de cuero, pantalones, pañuelos, botas, sombreros y algunas prendas más. También había puestos de alimentos de todo tipo, muestras para probar, comida para llevar y algunas recetas de cocina escritas en pergamino. Así como comerciantes que pretendían venderte objetos propios de la zona, aunque a Dave le extrañaba que no se pudiera encontrar tales cosas en otros lugares.

Dave ignoró el resto de comercios y tenderetes, y se fijó en la posada. Era una construcción de dos pisos de altura, con un letrero en el que podía leerse “Posada Luna Estrellada”, justo encima de la puerta. Cortinas blancas sobresalían de algunas ventanas, mientras que otras, cerradas, impedían ver el interior de las habitaciones. Era un edificio antiguo pero bien cuidado. Puerta de roble y suelo de madera común en el porche, con una pequeña entrada con escalones y barandas a los lados.

Dave se acercó a la puerta por la que acababa de entrar la niña y la abrió.

La planta baja de la posada no se podría diferenciar de cualquier taberna. Varias mesas ocupaban el centro de la sala. Solo una de ellas estaba ocupada, por una mujer y un niño. En la barra varias personas bebían cerveza y, detrás de esta, se encontraba Luna abrazando a su madre.

Se percató que era más joven de lo que se había imaginado, podría tener entre veinticinco y treinta años. Era rubia como Luna, con el cabello recogido en una sola trenza, de delgada figura y con un rostro delicado en el que resaltaban unos ojos azules, rasgo que en Luna no sobresalía tanto.

Desde la barra, Luna le hacía señas de que se acercara, así que fue hacía ellas.

– ¡Oh Luna! No sabía dónde te habías metido, menos mal que estás bien, cielo –dijo la mujer abrazando fuertemente a su hija.

– Él es quien me ha salvado, mamá –dijo señalando a Dave.

La mujer, con lágrimas en los ojos, la soltó para abrazarlo fuertemente.

– Gracias de corazón. No sé qué habrían hecho esos malhechores con mi hija si no hubieses aparecido –se notaba que estaba asustada, aún temblaba.

– No tiene que dármelas señora, hice lo que debía hacer –dijo Dave mientras miraba sonriente a Luna.

– Su nombre es Dave, mamá –dijo Luna.

– ¿Dave? –La mujer pareció meditar unos segundos–. Creo que he escuchado antes ese nombre en alguna parte. Bueno, no importa. Y llámame Estrella, por favor. Aún no tengo edad para ser una señora –contestó riendo y yendo detrás de la barra, aunque aún se notaba que estaba angustiada por el relato de su hija–. Disfruta de esto, cortesía de la casa por tu heroicidad.

Le sirvió una cerveza y un plato de comida recién hecha, que a Dave le entró por los ojos nada más verlo. Al fin comería caliente. Eran unos trozos de carne de cerdo humeantes, acompañados de patatas asadas. Un auténtico manjar si lo comparaba con lo que había comido en el último mes.

Dave se sentó dispuesto a atacar el plato.

– Y dime, Estrella, ¿llevas esto con alguien? –Dave echó una ojeada a la taberna.

Las paredes, llenas de cuadros, sostenían algunas lámparas de aceite que iluminaban tenuemente la estancia. La temática de los cuadros era muy variada. Distintos paisajes; bosques, puestas de sol, lagos y lagunas, había también retratos de personas, de varios hombres y mujeres que no sabía reconocer; y por último, un cuadro abstracto que Dave dudaba que alguien pudiera identificar. Al fondo de la sala había unas escaleras que llevarían, supuso, a las habitaciones, y en el techo una gran lámpara de araña que aportaba mucha luminosidad.

– No, yo sola –respondió la mujer, y acto seguido carraspeó su hija–. Pero Luna me ayuda muchísimo con todo –ambas sonrieron–. Antes con mi marido todo era un poco más fácil, pero desde que falleció hace casi un año, tenemos que encargarnos nosotras solas.

Dave se percató de como el rostro de Estrella se ensombreció un momento al recordar a su marido.

– Lo siento mucho. ¿Puedo preguntar que le ocurrió?

– Enfermó –Luna bajó la cabeza–. Nosotras nos quedamos en una de las habitaciones, la principal, y a primera hora abrimos juntas la posada.

– Y, ¿hay mucho tránsito aquí? –Dave no sabía si la duda representaría una falta de respeto, pero ya lo había preguntado.

– Bueno, no tenemos toda la clientela que quisiéramos, pero tampoco está desierto –dijo Estrella con una ligera sonrisa.

– Pasan muchas familias con niños, así que hago muchos amigos siempre –comentó Luna–. Pero cuando se marchan me pongo muy triste.

Una vez acabó su comida, Estrella le ofreció un cuarto para descansar. Estaba muy agradecido y aceptó a cambio de dejarle ayudar al día siguiente en la posada.

La habitación era bastante acogedora. Tenía una cama de matrimonio muy cómoda, con un edredón de flores un poco viejo pero muy suave, un armario amplio, una ventana que daba a la plaza y un baño. Dejó la mochila encima de la cama, y se dirigió a este último. Se desvistió al entrar, quedándose desnudo frente al espejo, tan solo llevando puesto el pequeño sello de Buscador, que siempre tenía colgado al cuello, y se metió en la pequeña bañera que Estrella había llenado con agua tibia.

Tras salir de un baño relajante, se miró de nuevo en el espejo mientras se secaba, abstrayéndose unos segundos recordando su infancia.

Ya no era un niño jugando en las plazas junto a otros muchachos, ya había dejado atrás esos plácidos momentos. Le parecía que había pasado toda una vida desde aquellos años, y que a la vez había crecido muy rápido, de repente.

Bajó la mirada hacia su pecho y la mantuvo durante unos segundos en esa señal de su pectoral izquierdo. Aquella cicatriz que tanto había cambiado su vida. Entonces levantó los ojos, se dio la vuelta y volvió a la habitación.

Para cuando se puso a hacer recuento de lo que le quedaba en la mochila, había llegado la noche. Sacó todo y contó dos latas de comida precocinada, los útiles para cocinar la caza y un par de conejos metidos en bolsas, un plátano medio podrido que lanzó por la ventana en ese instante, una cantimplora con algo de agua y otras dos vacías, cuerda, el mapa de Ravencros, las mudas de ropa, el saco de dormir y una bolsita de cuero con el poco dinero que le quedaba. La verdad que para un viaje tan largo, no eran demasiadas cosas, pero tampoco podía llevar mucho más él solo. Así que lo recogió todo de nuevo y se dispuso a dormir. Aquella cama era el paraíso comparada con el saco de dormir en el que había pasado las noches en medio de la nada.

Esa noche descansaría de verdad.

La luz del alba entró por la ventana iluminando la habitación, y el canto de un gallo le despertó de una de las mejores noches que había pasado desde que inició ese viaje. Con ese descanso había recuperado muchas fuerzas para seguir con su misión. Se levantó, se vistió con una de las mudas limpias que le quedaban. Unas calzas verdes de lana que su madre le había tejido hacía tiempo y una suave camisa blanca que había comprado a un vendedor ambulante unos meses atrás. Como siempre, ocultó el sello de Buscador colocándoselo por debajo de la camisa, de modo que nadie pudiera notarlo, y luego bajó a la taberna.

Estrella se encontraba preparando el desayuno para un par de clientes. Unos huevos revueltos que les sirvió con una gran sonrisa. Luna limpiaba las mesas y colocaba los cubiertos con mucho esmero. Ambas estaban haciendo un gran trabajo con aquella posada. Dave no sabía si él podría llevar algo así sin ayuda.

– Buenos días –saludó, escapándosele un pequeño bostezo.

– ¿Qué tal has pasado la noche? –Estrella se acercó y le entregó a él también unos huevos revueltos recién hechos–. Que te aproveche.

– No tenías por qué hacerlo Estrella –Dave le dedicó una sonrisa la vez que cogía el plato–. He descansado como no lo hacía en mucho tiempo, te lo agradezco mucho.

Se sentó en una de las mesas que había preparado Luna, quien se colocó a su lado también con un plato.

– ¿Qué vas a hacer hoy, Dave? –le preguntó ella mientras probaba su desayuno.

– Pues aún no lo sé. Mi intención es seguir mi camino –dijo pensando en su próximo destino.

– No puedes irte sin conocer al padre Lucas. Después de lo que has hecho, querrá conocerte, Dave –le dijo Estrella sonriendo desde la barra. Estaba colocando los vasos, los platos, y organizando la zona de la cocina.

– ¡Sí! Así ves la iglesia de la que te hablé –Luna estaba muy emocionada.

– De acuerdo –dijo Dave soltando una pequeña risotada. Unas horas para despejarse no le vendrían mal.

Una vez acabado el desayuno y haber ayudado a recoger y limpiar un poco la taberna, Dave siguió a Luna hacia la iglesia. Era una pequeña capilla pintada de blanco, de piedra como casi toda la aldea, con un jardín de flores silvestres y arbustos verdes en la entrada y un cartel que decía: “En la casa de El Creador siempre habrá lugar para uno más”. El padre Lucas, un hombre menudo, y a quien ya se le notaban las canas, estaba regando las plantas y, al ver a Luna, se detuvo y dejó la regadera en el suelo.

– Así que este es tu salvador, Luna –parecía que la niña se había encargado de que la hazaña de Dave la conociera toda la aldea, pensó Dave divertido. El padre Lucas lo miró y le dedicó una gran sonrisa.

– Encantado, padre –Dave le dio la mano y notó como el pastor se la apretaba con fuerza.

– Lo que hiciste fue un gran acto. Te estamos muy agradecidos. Si le hubiera pasado algo a Luna… –el padre le cogió la mano a la niña–. Esos hombres son conocidos aquí. Son saqueadores y salteadores de caminos. Se dedican a robar y amenazar a los aldeanos y a cualquiera que se cruce en su camino. Pero eso no es lo peor –el padre Lucas se detuvo un momento. Se notaba la rabia en sus ojos–. Luna me ha dicho que os encontrasteis con tres, pero pertenecen a un grupo más grande. Y su líder… –hizo otra pausa–. Su líder es un monstruo. No es humano. Su brazo… si vieras su brazo…

Dave escuchaba en silencio los balbuceos del padre Lucas y no entendía a que se estaba refiriendo al hablar de aquel sujeto que lo tenía tan aterrado, pero sabía en que en este mundo existían cosas más allá de la comprensión humana. Lo sabía de primera mano.

– Posee una malformación en el brazo izquierdo –prosiguió el padre–. Si lo vieras… Y tiene una fuerza sobrehumana. Nosotros le llamamos Quimera, y nos tiene bajo coacción. Nos obliga a entregarle cada mes una gran parte de los fondos de los que disponemos. Varios ganaderos han tenido que vender algunas de sus cabezas de ganado para hacer frente a los pagos. De otro modo arrasarán la aldea y nos matarán.

Dave estaba sorprendido. No parecía que aquellos tres hombres del camino fueran tan peligrosos. No entendía como su líder, ese tal Quimera, podía tener aterrorizado a toda una comunidad.

– Friedrich, uno de nuestros muchachos, se encarga, desde el campanario de la capilla, de avisar con una campana cuando Quimera y sus saqueadores se acercan cada mes. Aún faltan dos semanas y media para su próxima visita –dijo el pastor con un suspiro.

– ¿Y no podéis hacer nada? ¿Luchar? ¿Pedir ayuda a otra aldea cercana? –el Buscador no entendía nada.

– Apenas tenemos armas, solo algunas espadas que conseguimos de los herreros ambulantes cuando paran aquí. Nuestros aldeanos están demasiado asustados como para luchar contra un grupo tan peligroso. Y Brixen no envía ninguna ayuda –el pastor parecía muy enfadado mientras contaba esto último.

– ¿Tú nos podrías ayudar, Dave? –comentó de repente Luna.

– ¿Yo? –Eso le había pillado por sorpresa–. No soy un guerrero, Luna. No tengo armas, y además solo soy uno. No podría pelear frente a un grupo numeroso –respondió Dave sintiendo cada palabra que decía.

– Claro, Luna –dijo el padre Lucas–. Aunque con su valentía quizás podría enseñar algo a nuestros hombres. Después de todo, no cualquier persona puede enfrentarse a tres contrincantes estando desarmado. Pero Dave tiene otros planes, seguro. No podemos pedirle eso –añadió, mirando a la niña.

Dave no sabía qué hacer, ni que decir. Él tenía su objetivo. Y debía centrarse en él. Pero no podía dejar a esa gente a su suerte. Él sabía lo terrible que podían llegar a ser los saqueadores. Quizás pudiera ayudar en algo. Podría hablar con los aldeanos, ver si serían capaces de defenderse, quizás enseñarles algunas técnicas de lucha y así ellos quizá obtuvieran la confianza necesaria para plantarles cara a Quimera y sus secuaces. Al fin y al cabo, por muy temible que fuera ese grupo, no podrían vencer a toda la aldea unida. O eso creía él.

– De acuerdo –aceptó tras pensárselo unos segundos–. Hablaré con sus hombres y veré que puedo hacer, pero no puedo quedarme hasta la llegada de Quimera. Debo seguir mi viaje lo antes posible.

Una semana más le ayudaría a descansar y reponer aún más sus fuerzas.

– Magnífico, te lo agradecemos –el padre Lucas le abrazó y se sacó del bolsillo un juego de llaves. Cogió una en particular y se la entregó–. Esta es una copia de la llave de la armería. Puedes coger lo que consideres necesario, aunque no tenemos demasiado. Está todo a tu disposición. Convocaré a todos los hombres posibles para estar esta tarde aquí en la plaza. Muchas gracias de nuevo, Dave.

El pastor se fue en busca de los hombres de la aldea que estuvieran dispuestos a enfrentarse a Quimera.

Dave le dijo a Luna que volviera a la taberna, dado que él se quería acercar a los pequeños comercios que se encontraban en la plaza, en busca de comida y demás provisiones. Cuanto antes comprara todo lo necesario, antes podría seguir su viaje, una vez concluida la tarea que se había propuesto realizar en Pruriel. Así que esperaba tener dinero suficiente para comprar todo lo necesario.

Se paró en un puesto en el que vendían diversos utensilios de caza y compró un pequeño cuchillo similar al que había perdido. Era mediano, con el mango negro, hoja curva y poco peso. Le serviría para defenderse de posibles atacantes, a la vez que para desollar a sus presas de caza. Entregó el dinero a la comerciante y se lo guardó con cuidado, no quería tener un percance estúpido. También compró un cinto, porque pensó que sería mejor tener el cuchillo a mano durante su viaje. No quería volver a encontrarse desprotegido si volvía a vérselas en una situación similar a la del día anterior.

Luego pensó en cómo ayudaría a aquellos aldeanos para que luchasen contra un grupo armado y peligroso. Ese pensamiento le hizo recordar a su padre.

Él era muy valiente, un gran hombre y mejor padre. Estaba orgulloso de él, era su héroe. De él había aprendido el respeto por todas las personas y por las opiniones. En la mayoría de los casos.

Él le había enseñado a luchar, le había convertido en alguien decidido, capaz de afrontar adversidades y, más importante, gracias a él era alguien sensato.

“Recuerda, hijo, la espada debes sujetarla con fuerza y mantenerla firme”. Le decía su padre mientras agarraba una espada con ambas manos para mostrarle la forma correcta de hacerlo. “Una vez veas la oportunidad, ataca a la zona desprotegida de tu oponente”. Mientras hablaba movía la espada de un lado a otro, de forma rítmica, enseñándole toda clase de movimientos con la misma. “Pero Dave, ¿qué te digo siempre?”. Siempre concluía todas sus lecciones con la misma pregunta.

No luchar si no es necesario. La mejor forma de ganar un enfrentamiento es evitarlo. Eso era lo que siempre le respondía.

Su padre le había enseñado a hacer trampas muy efectivas para cazar pequeños animales y a distinguir los frutos venenosos de los comestibles.

Desde su muerte le había costado seguir adelante. Y con la desaparición de su abuelo, él se había convertido en la única compañía de su madre.

Se volvió hacia la posada y caminó hacia ella, planificando lo que diría a los hombres en unas horas.

– Me ha dicho Luna que el padre Lucas te ha pedido ayuda con el adiestramiento de los hombres –le dijo Estrella al llegar–. No tienes por qué, Dave, no nos debes nada –la mujer lo miraba con cariño.

– No puedo dejaros así. Si puedo hacer algo, lo haré. No podéis seguir viviendo con un miedo constante.

Subió a su cuarto y se puso a escribir algunas notas con las que intentaría, en la medida de lo posible, dar consejos sobre lucha a los hombres que decidieran tomar parte en la disputa.

Después de acabar aquellas notas y de bajar a comer de nuevo la maravillosa comida de Estrella, el pastor, que había venido a por Dave, lo condujo hacia la plaza donde le esperaban un grupo de unos diez hombres. Aunque por lo que se fijó, dedujo que apenas la mitad de ellos serían capaces de luchar a buen nivel. Al verlo llegar, todos se sorprendieron y se miraron unos a otros.

– No parece que pueda enseñarnos nada –dijo uno de ellos.

– ¿Quieres que nos fiemos de un desconocido para luchar contra ese monstruo? –Preguntó otro, mirando al padre Lucas.

Varios aldeanos más emitieron sus quejas.

– Yo no he pedido esto –espetó entonces Dave–. Pero si os puedo ayudar para que no estéis toda vuestra vida asustados y cumpliendo las exigencias de unos saqueadores, lo haré –lo dijo de la forma más imponente que pudo.

– Este “desconocido” se deshizo de tres saqueadores él solo y sin armas –dijo el padre Lucas–. Seguro que puede enseñaros algunos trucos y conseguir que al menos seáis capaces de levantar una espada – contestó el pastor con sorna ante las recriminaciones de los aldeanos. Parecía verdaderamente entusiasmado.

A Dave le sorprendía que un pastor tuviera tantas ganas de batallar.

Durante un buen rato, el Buscador estuvo mostrándoles distintas llaves con las que evitar agarres, al igual que la que él había usado frente a aquellos salteadores del camino, y formas de golpear con ambas manos para dejar sin aliento al oponente, además de zancadillas y patadas bastante efectivas. Estuvieron practicando gran parte de la tarde y, una vez Dave decidió que estaban listos, empezaron con las armas.

Muchos no habían agarrado nunca una espada, pero si estaban familiarizados con las hoces, necesarias para segar los cultivos, y también con garrotes y bastones que usaban a la hora de guiar al ganado por los pastos y para espantar a las alimañas.

Y un arma era un arma.

– No creo que nos enseñes nada que no sepamos ya –le recriminó a Dave un hombre que, según lo demostrado en las pruebas, era bastante torpe. Varios aldeanos más asintieron, compartiendo esa idea.

– Os voy a mostrar algunas técnicas que os servirán para desarmar a los saqueadores –contestó él, ignorando aquellos comentarios.

Adaptó varias de las técnicas que su padre le enseñó con la espada a las diversas armas que usaba aquel grupo. Le costó al principio que aquellos aldeanos dominaran las distintas técnicas de desarme, pero todo era cuestión de práctica. Con el paso de las horas, consiguió que casi todos hicieran que su contrincante perdiera su arma. Era una técnica bastante efectiva si se dominaba. Consistía en moverse constantemente en círculos alrededor del oponente cambiando varias veces de dirección y asestando todos los golpes posibles. Al no estar acostumbrado a dicho movimiento el contrario solía desesperarse y realizaba un ataque precipitado, era entonces el momento adecuado para realizar el golpe de contraataque para desarmarlo.

Con el transcurso de la tarde el Buscador se fue ganando a los aldeanos, demostrándoles que con su ayuda quizás pudieran plantar cara a los que los tenían amenazados.

– Estas técnicas parecen muy útiles –repuso irónico aquel hombre torpe que en ningún momento consiguió dominar nada de lo que Dave le enseñó–, pero frente a Quimera poco podremos hacer. ¿O no recordáis lo que hizo con el caballo de Jhonen? –Dijo dirigiéndose al resto de aldeanos, que seguían practicando la técnica que les había enseñado Dave–. ¡Lo mató de un puñetazo! Matar así a un caballo… Nunca había visto nada igual –todos cambiaron el gesto al recordar tal suceso.

Dave reflexionó un momento asimilando lo que había dicho aquel aldeano.

– Sobre ese tal Quimera, me dijo el Padre Lucas que no era alguien normal y mencionó algo sobre su brazo. Sobre su fuerza. ¿Así que puede matar a un caballo de un puñetazo? Y, ¿tiene algún otro tipo de habilidad? –Preguntó a todos.

– ¿Otra? Con ese brazo le es suficiente. Con ese brazo ya nos podría vencer a todos. Tiene una fuerza sobrehumana, es invencible –le respondió el mismo hombre.

– Nada es invencible, todo tiene sus puntos débiles –Dave sabía que todo se podría vencer, buscando alguna ventaja o… ayuda–. Dejad que se me ocurra algo.

La convicción con la que Dave había hecho tal comentario, parecía que había animado a gran parte de los hombres, que retomaron el entrenamiento con ganas.

Finalmente, al anochecer, el Buscador felicitó a todos por su esfuerzo, les dio las gracias y les convocó para la tarde siguiente para seguir con el entrenamiento.

– Disculpa, ¿puedo saludarte? –Dijo acercándose un muchacho de los que habían entrenado con él, el más joven–. Soy Friedrich. O el encargado de la campana, como me conocen aquí en la aldea.

Tenía el pelo rubio, corto y peinado hacia un lado. Era escuálido y de baja estatura.

Ambos se estrecharon la mano fuertemente, el chico parecía asombrado al mirarlo.

– Perdona pero, desde que salvaste a Luna, he querido conocerte. Envidió tu valor para enfrentarte a esos tres saqueadores tú solo –el muchacho parecía verdaderamente entusiasmado de haberlo conocido.

– Gracias, Friedrich. Solo tuve suerte. El padre Lucas me ha contado tu labor. ¿Todos los días subes ahí arriba? –preguntó Dave señalando el pequeño campanario.

– No, todos no. Esos malditos rufianes suelen venir a final de mes, así que no es necesario. Aunque habitualmente subo porque me gustan las vistas, me relajan, y también para leer.

– Entiendo. Seguro que no es fácil avisar a tus vecinos de la visita de esos indeseables, y todo lo que eso conlleva –dijo Dave mientras ponía su mano en el hombro del muchacho.

– Bueno, es más fácil que lo que tú hiciste –y soltó una carcajada.

Dave se despidió de Friedrich y luego se acercó al padre Lucas, que estaba haciendo lo mismo con algunos de los hombres.

– Padre, una pregunta, ¿por qué no le ayuda el gobernador de Brixen? –es algo a lo que le había dado muchas vueltas hasta ese momento.

– Verás Dave, el gobernador de Brixen no quiere saber nada de nosotros y de nuestros problemas. No quiere enfrentarse a Quimera y a los suyos. Es algo que nos tiene muy consternados, no entendemos el motivo, pero no podemos hacer nada al respecto.

El reino de Ravencros se dividía en condados. Cada condado tenía su capital, donde vivía el Conde, y diversas ciudades y pueblos. Los gobernadores mandaban en las ciudades, de las que dependían los pueblos y aldeas de la zona, pues solo en las ciudades había puestos de guardia. Cuando algún pueblo o aldea tenía algún problema, el líder del mismo, que solía ser siempre el ciudadano más respetado, debía solicitar ayuda al gobernador más próximo. El padre Lucas era el líder de la aldea donde se encontraban, Pruriel, que dependía de la ciudad de Brixen, todo ello dentro del condado de Trésbel.

Una vez de nuevo en su habitación, habiéndose bañado y relajado después de tanto entrenamiento, lo que necesitaba el Buscador era bajar a la taberna a por una buena cena. Allí se encontraba Estrella cenando junto a Luna.

– Siéntate con nosotras, Dave. Cuéntanos algo de ti –Estrella le sirvió también un plato.

Era una sopa acompañada con huesos de pollo. Algo caliente le vendría genial. Por la noche refrescaba en Pruriel.

– Sí, no sabemos nada del chico que me salvó –le recriminó Luna con una sonrisa.

– ¿Algo de mí? No hay mucho que contar, supongo.

– ¿Cómo qué no? A ver, ¿hacia dónde viajas? –preguntó Estrella muy interesada.

– Voy hacia Luberma.

– ¿A la capital del condado? Pero, ¿cuál es el fin de tu

marcha? –Luna no le quitaba los ojos de encima.

– Espero encontrar a una persona –dijo él.

– ¿A quién? –le preguntó Luna, acercándose un poco más.

Dave mantuvo silencio unos segundos.

– Quiero encontrar a un Buscador –no quería dar muchos más detalles.

Estrella soltó una carcajada.

– Tú también eres uno de ellos, también buscas el Torem, ¿verdad? –susurró agachando la cabeza hacia él para que no oyeran las personas que aún cenaban.

– Podría decirse que sí –contestó él–. ¿Conoces su…?

– ¿Su leyenda? –Le interrumpió ella–. Todo el mundo la conoce aquí –su hija asintió.

La mujer cambió el gesto de repente, como si hubiera visto o recordado algo. Se levantó, fue detrás de la barra y sacó rápidamente una caja de dentro de un cajón. La abrió y rebuscó en su interior. Sacó un pequeño papel de ella, fue hacía la mesa y se lo entregó a Dave.

– ¿Crees en el destino, Dave? –Le preguntó al acercarse–. Esto tiene que ser para ti –parecía muy entusiasmada.

El chico lo observó. Era una especie de mapa, aunque no uno común. Solo tenía dibujado el contorno de Ravencros y un símbolo en un punto de ella que el Buscador no sabía reconocer. Era algo parecido a unas líneas atravesando varios círculos concéntricos. Era un símbolo demasiado pequeño para distinguirlo mejor.

– ¿Qué es esto? –El Buscador estaba confuso. Le dio la vuelta al papel, buscando algo más. Entonces se dio cuenta del porqué de la pregunta de Estrella sobre el destino. En el dorso del mapa había un nombre escrito con pluma, en una esquina, junto a unas pocas palabras.

Adéntrate en el foso de tus memorias y recuerda el juego, Dave

– No estoy segura, pero ahora creo que esto era para ti. Mi marido también estaba interesado en el Torem, como tú. Al menos hasta que nació Luna –le dedicó a su hija una sonrisa–. Un día, un par de meses antes de morir, tras volver de uno de sus viajes a otras aldeas, llegó acompañado de un viajero al que había ayudado a cargar unas bolsas en su yegua. Dijo que le dio mucha conversación durante el trayecto y al llegar aquí, le invitó a pasar unos días en la posada. El hombre, antes de marcharse, le insistió en que se quedara con esto –dijo señalando el papel–, y le dijo que era algo que no tenía ningún valor económico, pero que sí era muy valioso para un Buscador conocido que quizás pasaría por aquí algún día. Mi marido pensaba que podría tratarse de una pista sobre el paradero del Torem, pero nunca lo investigó. Hasta ahora no me he acordado de él. ¿Tiene tu nombre escrito, verdad? Me has dicho que buscas a alguien y al Torem, así que estoy convencida de que esto te pertenece.

Dave no entendía el significado de todo lo que decía aquella frase. Pero el juego…

No sabía si eso sería de verdad para él o una gran coincidencia. Pero todo encajaba para que fuera una pista sobre aquello que buscaba. La idea de tener otra pista más le animaba a seguir.

– Espero que te sirva de ayuda, me alegro habértelo podido entregar –dijo Estrella sonriendo mientras le sujetaba la mano.

– Te lo agradezco. Estoy seguro que me será de gran ayuda –dijo él, sin estar convencido del todo.

– Debo decirte que yo no creo que el Torem exista. Creo que es una leyenda, solo eso, para mantener a los habitantes de Ravencros ocupados y atraer visitantes. Pero apoyaba a mi marido, y a ti también te deseo mucha suerte en tu búsqueda.

Terminaron de cenar, y ya en la habitación, Dave volvió a ojear el mapa una última vez antes de guardarlo en la mochila. Aunque no estaba muy seguro de que denominar a aquello mapa fuese correcto, pues más bien se trataba de un boceto en el que se intuía el contorno de Ravencros. Tenía una línea vertical atravesándolo, la cual supuso que representaría el río Dierul, el gran río que dividía a Ravencros en dos, Ribera Occidental, al oeste, y Ribera Oriental en el este. Y en la parte inferior derecha, lo que sería el sureste de Ribera Oriental, se encontraba dibujado el extraño símbolo. ¿Sería verdaderamente una pista para alcanzar su objetivo actual? ¿Sobre el Torem? ¿O quizás una mera coincidencia? Pero esa frase, precisamente, dirigida a un Dave y ese símbolo en el mapa, junto a lo que había averiguado en Bosque Alto, no podía ser solo fruto del azar. Cerró la mochila y, tras desvestirse y meterse en la cama, cerró los ojos.

Se despertó en medio de un descampado, solo, rodeado de una niebla intensa. Gritaba, pero no emití sonido alguno. Intentaba andar, pero no podía moverse. De repente, observó que algo se acercaba. Era su padre. Era un hombre que siempre le había impuesto mucho respeto. Tenía grandes brazos musculosos, dado que a veces iba al bosque a talar para conseguir madera. Sus manos siempre le habían asustado cuando era pequeño, ya que eran grandes y fuertes, y solía amenazar con pegarle cuando hacia alguna trastada. Pero nunca lo llegó a hacer, solo lo mantenía a raya. Después de todo, no había sido fácil controlar a un niño como Dave.

La silueta estaba cada vez más cerca, pero Dave seguía sin poder moverse ni hablar. Cuando estaba casi enfrente de él, unas figuras aparecieron de la nada y lo golpearon. Dave gritaba y gritaba pero su garganta seguía sin emitir ningún sonido. Quería ayudar a su padre, pero no se podía mover ni un centímetro. Las figuras negras, algunas a caballo, formaban en círculo alrededor de ambos y levantaban lo que parecían las formas de unas espadas. Su padre se erguía, pero las figuras volvían a atacarlo, derribándolo. Dave no paraba de llorar. Se sentía impotente por no poder hacer nada. En el momento en el que su padre se levantó por fin y parecía que podría salir huyendo, una gran sombra negra, la más grande de todas, lo atravesó con su espada, dejando caer el cuerpo sin vida de su padre.

Justo en ese momento, cuando estaba saliendo el sol, el sonido de una campana se escuchó con gran estruendo en toda la aldea, despertándolo de aquella pesadilla. Se levantó rápidamente de la cama y miró por la ventana, por la cual entraba la luz cegadora del amanecer. Vio en lo alto del campanario de la capilla a Friedrich tocando la campana y, a lo lejos en los campos, vio a un grupo de unas cinco o seis figuras que se acercaban a caballo. El Buscador no podía distinguir la cara a la mayoría, pero sí reconoció a quien presidía la marcha.

Era Tyrus.

¡ Sinopsis de “El Buscador” !

” El Torem, ¿una mentira histórica o una realidad mágica? Los Buscadores se han dedicado durante décadas a intentar resolver este misterio.

Dave Marshall emprenderá un camino que le llevará a recorrer el reino de Ravencros con el objetivo de hallar aquello que desea. Tendrá que hacer frente a numerosas adversidades, intrigas y peligros, pero contará con una gran ventaja, aunque por muchos sea considerada una maldición.

¿Conseguirá encontrar lo que busca? ¿Lo atraparán los Agraciados antes? La vida de un Buscador no es fácil.

Y menos si se es un Marcado “.

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¡Queda poco para que salga El Buscador!

Hola amigos, somos José y Dario y esta es nuestra presentación. Somos dos amigos de la infancia que siempre tuvimos en mente una historia y queríamos contarla. ¡Y ya queda menos para ver salir la primera parte! “El Buscador”, como anuncia el nombre del blog, es la primera novela. Presumiblemente de una trilogía. Vamos a subir el primer capítulo para que lo leáis y opineis, y quién quiera, puede comunicarse con nosotros mandándo un email o por las redes sociales. El libro saldrá este verano, ¡en poquito tiempo!

¡Un saludo!

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